Por la boca muere el pez

By santiesteso

La luz del sol no roza mucho mi piel de lunes a viernes. Vivo a dos minutos del trabajo, un lugar que aunque con muy buenas vistas no llegan los rayos solares. Y al terminar la jornada laboral en la biblioteca la luna y las estrellas ya han hecho su aparición en el cielo cartagenero. Pese a eso, mi piel va cogiendo colorcito y como la ciudad es una fusión de tonalidades de café -sólo (oscuro), con leche, cortado…- uno empieza a no parecer un turista.

El pasado sábado, mientras me dirigía con paso firme a una plaza de la ciudad, se me acercó una pareja de colombianos pero no de Cartagena preguntándome por una dirección de la ciudad. Gentilmente les informé que no era de acá y que desconocía dónde se encontraba la calle por la que me preguntaban. Tras dejar atrás a la pareja, se me hinchó el pecho por parecer un habitante más de Cartagena. Y así, durante estos días me ido fijando que paso más desapercibido, los vendedores ambulantes no me paran tanto, las camareras de las plazas no me abordan para que entre su local a cenar…

Uno se da cuenta que a los ojos de la gente no es un turista, sin embargo en cuanto un servidor abre la boca ¡ay! amigo, eso es otro cantar. Ese acento madrileño con el ejque por delante, y la no utilización de palabras del vocabulario cartagenero como bacano o chévere, cuando algo es bueno, o listo, como ok, terminado, acentúan que uno no es costeño.

Así que, con la boca cerradita y escuchando mucho voy haciéndome a la idea de cómo se vive en la ciudad, una ciudad de la que aún me queda mucho que descubrir y la cual cada día que pasa me va gustando más y más.

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