El cielo se pone en guerra
derramando toda su ira,
y el Atrato se alimenta
de esta peligrosa riña.
Lanza cuchillos de plata;
herida queda la ciudad,
de sur a norte sitiada
por un ejército inmortal.
Tras terminar la batalla,
la música vuelve a entonar
el regreso de la calma.
Duerme el rugir del dragón,
duerme aquel que despertará,
duerme la lluvia en Quibdó.




