Memorias sin corazones ni banderas

El día amanecía gris, y no sólo por el frío y la lluvia que caía en Madrid a esas horas de la mañana, sino por la triste noticia del fallecimiento del presidente de honor de la Residencia de Estudiantes, Pepín Bello. José Bello, como prefería ser llamado, tenía 103 años y fue el eslabón de muchas amistades, el descubridor de un joven Dalí recién llegado a Madrid; el confesor de Lorca, de Buñuel, de Alberti, que lo recordaba como un “muchacho divertido con el que simpaticé vertiginosamente”.

Los alrededores de la Residencia de Estudiantes (ubicada en la calle Pinar, 21-23 de Madrid) parecían abstraídos de la noticia al verse esa algarabía de adolescentes de Instituto que aprovechaban sus recreos para jugar en los patios de la Residencia, allí se forjó el espíritu de las vanguardias en España. En sus habitaciones, en sus salones, en los jardines convivieron distintas generaciones de creadores: Ortega y Gasset con José Moreno Villa, por ejemplo; o aquellos jóvenes excéntricos y divertidos que propiciaron la irrupción de una nueva mirada al arte: Federico García Lorca, Salvador Dalí y Luis Buñuel, entre otros. Una singular guarnición de la mejor cultura que dio paso, años más tarde, a un significativo lema:la Edad de Plata española. Donde crecen los brotes de la genial generación del 27.

En el edifico Transatlántico y en un pequeño pabellón de cristal podemos disfrutar de la exposición “El Laboratorio de España”, una muestra de detalles, objetos y esencias de la España entre los años 1907 y 1939. Esta exposición, realizada con motivo del centenario de la creación de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científica (JAE), finalizará el próximo 2 de marzo.

La JAE, nació en 1907 inspirada por la ILE (Institución Libre de Enseñanza) y fue presidida, hasta su fallecimiento, por el premio Nóbel en Medicina Santiago Ramón y Cajal.

Es idílico comenzar la visita con un gran cuadro del pintor valenciano Joaquín Sorolla, en el que se puede observar una escena del laboratorio del doctor Luis Simarro, valenciano como el artista, amigo y médico de su familia, además de uno de los más importantes estudiosos de la neurohistología y la psicología experimental. En el lienzo realizado en 1897, se aprecia al protagonista trabajando, precisamente, en una preparación histológica. Rodeando a su maestro, los discípulos de su primera etapa docente, a los que seguirían, con el tiempo, otros más famosos como Nicolás Achúcarro y Gonzalo Rodríguez Lafora. Pero lo anecdótico de la obra, es el ojo visionario de Sorolla. El lienzo no muestra sólo el trabajo del científico, nos enseña como es la España actual, en la que uno trabaja y el resto mira.

El Átomo, la Neurona, la Educación, Guadarrama y el Habla son los cinco objetos en los que se centra este legado de esperanzadora cultura y precisa racionalidad.

La retrospección a esa España emprendedora te dejaba embelesado con los artilugios que utilizaban los científicos de la época, pues incluso a uno mismo le llegaban recuerdos de la infancia. En primer lugar, los discos de vinilo 45 revoluciones con los que escuchábamos aquellos maravillosos números uno y las canciones infantiles del momento. Parchís y su mundial 82, Teresa Rabal y su “Veo, Veo” o una reproducción de Camilo Sesto y Ángela Carrasco con Jesucristo Superstar.

La guía de la visita, enfundada en negro y oculta tras unas gafas que la daba un toque demasiado intelectual para la información que nos detallaba, nos llevó ensimismada en otro regreso a la infancia. Si los estudiantes de “La colina de los chopos”, nombre con el que fue bautizada la Residencia por Juan Ramón Jiménez, utilizaban los cuadernos para apuntar o dibujar todo lo que aprendían, uno no podía dejar de acordarse de los cuadernillos Rubio de gramática y matemáticas con los que intentó aprender a escribir.

En la sala contigua a la de educación, nos mostraba una impresionante tabla periódica de los elementos químicos (de aquella época) a tamaño gigante. Como si fuese una pizarra escolar, las letras en blanco sobre fondo oscuro y ocupando gran parte de la pared, algunos de los alumnos enumeraron aquella lista de recuerdos, Helio, Neón, Argón…

Placa poetas.jpg En la última sala la Sierra de Guadarrama se ponía a los pies del visitante. En las montañas madrileñas no sólo los estudiantes de la residencia estudiaban geología y botánica. Allí, los poetas escribieron algunos de sus versos esculpiéndolos en piedra. Este legado aún se puede observar en el llamado “Mirador de los Poetas”. A este lugar dedicado principalmente a Luis Rosales y al Nóbel, Vicente Aleixandre se llega desde el pueblo de Cercedilla, subiendo en dirección al puerto de la Fuenfría por la carretera de las Dehesas.

Mientras el olor del tomillo y la lavanda y el colorido de las adelfas de Juan Ramón Jiménez nos decían hasta luego, el recuerdo de Pepín Bello regresaba a nuestra memoria. Una pequeña pantalla de cristal líquido empañaban nuestros ojos mientras en nuestra cabeza sonaba el eco de los versos de García Lorca

Remansillo / Me miré en tus ojos / pensando en tu alma. / Adelfa blanca. / Me miré en tus ojos pensando en tu boca. /Adelfa roja. / Me miré en tus ojos. /¡Pero estabas muerta! / Adelfa negra.

Una respuesta para “Memorias sin corazones ni banderas”

  1. Una crónica Olvidada « Hojas Amarillas…un camino de colores Dice:

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