Nada más salir del tren, la joven se dirigió a las taquillas de la estación. Llevaba una mochila a la espalda y vestía un abrigo rojo, un gorro de lana y unos guantes a juego. Apenas podían vérsele sus grandes y claros ojos verdes y un lacio mechón de cabello que sobresalía de su gorro.
- Perdone, ¿el albergue del pueblo?- preguntó al taquillero.
- Al final de la segunda calle a la derecha- le respondió él mientras sellaba la credencial.
La chica recogió la credencial y se despidió con un gracias, que el taquillero le correspondió con una agradable sonrisa. Al salir de la estación notó una leve brisa helada, que con los nervios del viaje le provocó un escalofrío. Mientras andaba observó el sello que le acababa de poner el trabajador de la estación en la credencial, era la figura de un peregrino y el nombre del pueblo de partida, Sarria. Este documento era su salvoconducto para pernoctar en los albergues del camino, así que se aseguró de guardarlo bien en su riñonera.
Era otoño y todavía no había amanecido, el pueblo se encontraba casi en la más absoluta soledad y sólo se podía escuchar el trabajar de los empelados del ayuntamiento que estaban limpiando las calles. Al llegar al albergue se lo encontró cerrado y también el bar de enfrente del que le habían hablado tan bien, sobretodo por sus desayunos. Así que resignada volvió sobre sus pasos y bajó la cuesta que la había llevado hasta allí dirigiéndose a las afueras del pueblo siguiendo las flechas que del camino Jacobeo.
Dejó la avenida principal y continuó por una pequeña calle poco alumbrada que transitaba por su izquierda. Su paso era firme y seguro, porque aunque no se podía observar si había alguna marca que la indicara, sabía como era el principio del recorrido. Pasó el antiguo Ponte Áspera y continúo cerca de las vías del tren que dentro de poco tendría que cruzar. Tras atravesar las vías, una fuerte pero corta subida entre robles será el cómplice brillante para contemplar el amanecer.
Continuará