El pasado fin de semana realicé mi primer viaje turístico por tierras colombianas. Mi destino, el Parque Nacional del Tayrona, un idílico paisaje dónde se fusionan el cielo, el mar y la tierra.
La ruta del Tayrona la comenzamos en coche de Cartagena a la ciudad de Santa Marta distantes aproximadamente en 250 kilómetros. Tras pasar la noche en la capital del Magdalena, nos dirigimos a la entrada del Parque Nacional, pero antes naturalmente, debíamos de llenar nuestros estómagos con una buena arepa, una empanada de carne y un buen jugo de zapote.
Tras el desayuno y pagar el costo de la entrada, nos dirigimos en un carro que casi se caía al mirarlo hacia el lugar dónde comenzaríamos a caminar.
El Tayrona tiene una extensión aproximada de 15.000 hectáreas de las cuales 3.000 son marinas. El recorrido por el bosque del Tayrona, en el que se ubican centenares de especies vegetales, le abrían a uno los pulmones y el corazón. El silencio acudía a nuestra presencia, presentándonos el sonido de los pasos en el barro y las piedras, y el lejano aullido de los titis escondidos tras los cocoteros. Los rayos de sol entraban por los huecos que dejaban las ramas de los árboles, y a uno se le apoderaba la morriña esperando encontrar una flecha amarilla que le indicara que iba por buen camino en dirección a Compostela.
El recorrido que hicimos duró aproximadamente dos horas y media, pasando por la playa de los arrecifes, las piscinas, la casa suiza dónde nos sirvieron unos estupendos panes de chocolate y arequipe y por fín nuestra llegada al Cabo de San Juan de Guía.
Es difícil describir con palabras la belleza, el encanto y la emoción de semejante paraíso, porque sí, aquello era el paraíso.
La arena, las rocas, el agua, los árboles… un lugar dónde uno se purifica sólo con mirar y escuchar.